
Encontrar un vallenato en la banda de radio FM de Bogotá, suele ser tan sencillo como escuchar una champeta en la banda FM cartagenera. Y no se trata de aquellos “ritmos vallenatos” deformados por la mezcla indiscriminada con otros géneros musicales. Me refiero al vallenato clásico, con el que cualquier costeño venido del más remoto rincón del Caribe colombiano podría identificarse. Muy probablemente veinte años atrás, las circunstancias hubiesen sido distintas. Pero de lo que no queda la menor duda, es que Bogotá ha cambiado radicalmente en los últimos años, y cada día mas asume el rol de una urbe verdaderamente cosmopolita.
Sobre sus calles transitan negros, mulatos, blancos, mestizos, indígenas, apropiándose todos del escenario urbano, y por lo menos en apariencia, conviviendo en una respetable armonía. Las parejas interraciales son bastante comunes, y caminan sin necesariamente “ganarse” las miradas de los demás. Esto se debe en gran medida, a las oleadas de inmigrantes venidos de los Llanos orientales, del Caribe colombiano y del Pacifico, han cambiado inclusive, la fisonomía de los nuevos bogotanos.
Los jóvenes particularmente, son el símbolo de la nueva capital. Emos, rastas, punkeros, goticos, metaleros, skin-heads (por fortuna son mucho mas comunes los SHARP y los RASH, jóvenes skin-heads con una abierta ideología anti-racista y anti-facista, que combaten a los nazi-skinheads, de extrema derecha, que han protagonizado algunos actos violentos de racismo y homofobia en la capital), se disputan la identidad juvenil de la ciudad. Algunas ciertamente no pasan de ser modas pasajeras, pero demuestran lo lejos que están los jóvenes de cerrarse a lo alternativo.
El nuevo orden social y cultural de la capital, se debe parcialmente a las políticas oficiales emprendidas por los últimos gobiernos locales. Bogotá sin Indiferencia, el programa bandera de la alcaldía de Luis Eduardo Garzón, ayudó a desmontar parte de las viejas estructuras mentales del bogotano promedio y a calibrar sus niveles de tolerancia. Por supuesto que es mucho todavía lo que resta por conquistar, pero todos estos indicios hacen presumir un mejor porvenir.
Hace unos dias coonversaba con una joven socióloga bogotana (una mulata encantadora, por demás), y me expresaba con una ira contenida su odio a muerte hacia Cartagena. Para ella, Cartagena era una ciudad excluyente, racista, clasista, insoportable, diseñada para ser censurada. El centro histórico, era para ella un terruño atrapado en muros de piedra, y aprisionado por muros mentales, donde una mujer puede ser confundida con una prostituta tan solo por su color de piel. No tuve palabras para decirle lo contrario, tenía toda la razón. Lo que no dejo de preguntarme es en que momento Cartagena dejó de ser vista como la comunidad de brazos abiertos, la progresista del litoral, la ciudad que miraba hacia el Caribe mientras el resto de la “nación” miraba hacia sus adentros… en que momento, Bogotá, la ciudad conservadora, goda, cachaca, encerrada en los Andes orientales, nos robó el privilegio de considerarnos cosmopolitas y de ser admirados, mientras nosotros nos resignábamos a gozar de un odio bien merecido.